Nadie preguntó nunca, ni la NASA, ni “los otros”, ni “los nuestros”, qué objetos se debían introducir en las sondas lanzadas a través del Universo para servir de carta de presentación de esta Humanidad “a quien pudiera corresponder”. Se dice que  introdujeron todo tipo de chorradas (guantes de beisbol, fotos de Marilyn, miniaturas de la Torre Eiffel, Empire State B., …) que llevaron al exceso de equipaje por aquello de los “cupos”,  y ya no sólo con razas o nacionalidades… el absurdo llego al imperativo de incluir una lata de Coca y otra de Pepsi.

Es gracioso imaginar qué concepto puede adquirir de los remitentes quien encuentre tan extraña maleta. Desde luego, difícilmente adivinará nuestro “E.T.” que tras unas medias de nylon y un refresco late la misma esencia de aquel que pudo escribir los versos más tristes está noche, de aquel del verso azul y la prosa profana, o del que nació para el luto y el dolor y como el toro está marcado con un hierro infernal en el costado…  

Probablemente es estúpido hacerse definir por objetos sin estética ni tecnología.. en fin: nadie nos preguntó nuestra opinión y daba un poco igual, porque tampoco se adivinaba alternativa: ¿qué cosas deberían viajar en una cápsula espacial como descriptivas de nuestra Humanidad? Díficil de adivinar….

Estos pensamientos tan livianos dejan de ser un divertimento cuando se está frente al hombre y a la mujer de Antonio López. De repente se me hace imprescindible que en la cápsula espacial se incluyan estos dos como recuerdo de lo que fuimos, ya que son nuestra esencia: somos nosotros mismos, desnudos, imperfectos y maravillosos; desvalidos pero llevando en sus ojos la determinación que  solo la lbertad puede dar; muriendo de pie, como el toro; sin retroceso ni plan alternativo excepto el de caer, levantarse, caer, levantarse y más hasta la definitiva caída en el infinito abismo de la muerte.

 En cualquier caso, por muy asombrada que estuviera ante la contemplación del hombre y la mujer de Antonio López, constantemente me traían a la memoria un viejo conocido: el llamado “alcalde de pueblo”, encontrado en 1860 en las excavaciones de Saqqara, en la Mastaba de Kaaper, datado hacia 2.500 a.c.

Curiosamente, la técnica es la misma: madrea policromada, si bien el “alcalde” ha perdido su policromía. 

Sabemos que 4.500 años distancian a nuestros protagonistas, pero ¿realmente lo podría ver un extraño a esta Civilización?¿ha cambiado tanto la Humanidad en este tiempo? Juzguen Ustedes mismos si el alcalde de Sheik el-Balad no podría pasar, por ejemplo, por el suegro de “el hombre” de Antonio López , al menos para cualquier extraterrestre… ¿o es que realmente no hay tanta diferencia y seguimos siendo los mismos perros ladrando a la luna, sólo que con distintos collares?

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