pequena-bailarina-byn4Degas presentó en la exposición impresionista de 1881 su maravillosa escultura “pequeña bailarina de 14 años”. Esta escultura posee coloración natural, fue peinada con cabello auténtico y vestida con ropa de ballet: tutú y zapatillas… y un lazo de satén de color rosa. Por si el hiperrealismo no fuera suficiente, la niña fue además presentada en una vitrina, como si de un especimen se tratara.

Esta obra no dejó indiferente a nadie: la crítica puso a Degas por los suelos, acusándole de cuestiones tan peregrinas como “cosificar” a una niña, dándole un carácter antropológico o naturalista, de representarla “como una bestia”, “como un simio”, dotándola de un rostro “en el que todos los vicios imprimen sus odiosas promesas, como una marca de un carácter particularmente vicioso”. Incluso se acusó a Degas de poner a la niña cara de Azteca, lo que extraña que ni siquiera fuese políticamente incorrecto en aquella época. La niña se llamaba en realidad Maria von Goethem, y Degas realizó un retrato de ella auténtico, que fue posteriormente deformado, como se ha demostrado mediante radiografías. Bastante extraño… ¿o no?

El motivo de que la niña tuviera esa cabeza y cara tan extrañas no era otro que el hecho de haber sido esculpida siguiendo al pie de la letra los cánones del rostro criminal, según los estudios antropomórficos tan de moda en la época. De hecho, Degas colocó la bailarina entre dos retratos de dos de los más famosos asesinos de la época, con los que compartía al parecer rasgos evidentes.

Degas quería representar cómo bajo la aparente inocencia del rostro de una niña de 14 años se encontraba el germen del vicio que iba a desarrollar en su madurez, pero que ni siquiera ella sabía que existía; se trata de una niña irreversiblemente inmersa en un mundo de maldad cuyo destino desarrollar una bestialidad que ya late en su mirada.

Se trata de una genialidad, sin duda alguna, que nos lleva a uno de mis temas favoritos: el de las caras del mal, o ¿cómo se podría distinguir por sus rostros a esas bestias que se mezclan entre nosotros haciéndose pasar por nuestros semejantes? Si hubiera un modo de distinguir el rostro del mal, las cosas nos irían mejor a todos… ¿cómo es posible que un individuo como el tal Txeroki parezca un chico normal, de los que te encuentras en cualquier bar tomándose una caña con los amigos?

En cualquier caso, ahora que sabéis lo que esconde la bailarina, miradle nuevamente la cara con atención…. 😉

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